En Ushuaia después de las nevadas, al abrir la puerta de mi casa, la nieve llegaba al nivel del mis rodillas, y yo podía dejarme caer sabiendo que me protegería. Muy lentamente me hundía en esa espuma fría que me abrazaba y contenía. En el pozo que se formaba, se dibujaba mi cuerpo, ese pedazo de hielo estaba hecho para mi.
Nunca más me sentí así, ya no creo que dejarme caer sea seguro.
No hay comentarios:
Publicar un comentario